Porque la vida debería ser

como es el jazz...

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Siempre me he considerado un tipo afortunado.

Sobre todo cuando me ocurren cosas buenas que no esperaba. Los premios y reconocimientos por trayectoria fácilmente quedan por encima de cualquier otra cosa.

En este talante, el año pasado me nombraron Embajador FILIJ, un título que, ya lo dije antes, siempre sentí me quedaba grande (una falla de carácter mía, seguramente, pero también me tardé mucho en reconocer en público que soy más escritor que ingeniero, así que, como dicen por ahí, “no son ustedes, soy yo” (una especie de síndrome del impostor sazonado con el prurito que me causa el reflector)).

En fin.

(La historia completa aquí.)



...hay que galofrar
 
 
Toño Malpica